Antonio Muñoz Morente
La Vanguardia, 10/06/2026
[Interesante artículo que revela cómo la desgracias de los pueblos de Oriente Medio tiene mucho que ver con los manejos del colonialismo británico.]
Nació como una maniobra británica para derrotar al Imperio otomano y acabó redibujando el mapa de Oriente Medio. Más de un siglo después, la sombra de la revuelta árabe de 1916 sigue proyectándose sobre la región
Tras cuatro siglos de dominio en los Balcanes y África del norte, en vísperas de la Primera Guerra Mundial el Imperio otomano se reducía a lo que hoy se conoce como Turquía, Oriente Medio y gran parte de la costa arábiga. Los otomanos gobernaban un mosaico de pueblos y religiones: entre sus 26 millones de habitantes había turcos y árabes –que representaban el 45 y el 35 % de la población, respectivamente–, griegos, armenios, kurdos, drusos y judíos.
En 1908, el Imperio otomano se había visto sacudido por el movimiento de los Jóvenes Turcos, que obligó al sultán Abdul Hamid II a impulsar reformas para modernizar el Estado. En 1913, el sultán fue depuesto, y un triunvirato de oficiales tomó el poder. En un primer momento, muchos árabes apoyaron las reformas de los Jóvenes Turcos. Sin embargo, Estambul adoptó una política más centralista y de “otomanismo”. En 1913 el Primer Congreso Árabe se reunió en París para discutir los derechos de los árabes bajo el dominio otomano. En ciudades de Siria, Irak y entre los exiliados en Egipto aparecieron periódicos, asociaciones culturales y sociedades secretas panarabistas.
En noviembre de 1914, el Imperio otomano entró en guerra al lado de las potencias centrales. Oriente Medio se convirtió en una encrucijada estratégica decisiva. Para Gran Bretaña, los otomanos suponían una amenaza para el canal de Suez y para el control de la refinería de Abadán, esencial para la Royal Navy. En 1916, el estancamiento en las trincheras europeas y los fracasos militares contra los otomanos en Galípoli y Kut al-Amara obligaron a buscar estrategias menos ortodoxas para avanzar en la guerra.
Una revuelta árabe… sin la mayoría de los árabes
Antes de la entrada en guerra del Imperio otomano, el emir Hussein ben Alí, jerife de La Meca, había tomado contacto con los servicios de información británicos en El Cairo. Su clan, los hachemitas –cuya ascendencia se remontaba al mismo profeta Mahoma–, tenía el cargo de protectores de los santos lugares de Medina y La Meca. Cuando los otomanos entraron en la guerra, los británicos prometieron a los hachemitas apoyo para una insurrección armada en el Hiyaz, la región del noroeste de la península arábiga.
Las dos partes querían sacar un partido bien diferente de la revuelta. Hussein no tenía un proyecto político realmente panarabista, sino que más bien ambicionaba mantener su posición. En 1918, Faisal no tuvo empacho en mantener contactos con Estambul para cambiarse de bando si se establecía un nuevo Imperio otomano “dual” turco-árabe, a la manera de Austria-Hungría. Por su parte, Gran Bretaña solo quería una rebelión que desviara recursos enemigos, y quería evitar cualquier apoyo a las reivindicaciones árabes que pudiera animar a la rebelión a los millones de súbditos musulmanes de su imperio.
La sublevación de Hussein y sus tres hijos –Alí, Abdalá y Faisal– comenzó en junio de 1916. Los otomanos acababan de sufrir una derrota brutal a manos de los rusos en el Cáucaso. Sin embargo, aunque Hussein había prometido a los británicos una insurrección general, su ejército no contaba con más de quince mil guerreros que solo controlaban una estrecha franja costera en el Hiyaz. La mayor parte de los árabes permanecieron leales al poder otomano (la guarnición turca de Medina resistiría hasta el final de la guerra) y veían la revuelta de Hussein con indiferencia o suspicacia. El poderoso Ibn Saud, emir del Najd, prefirió esperar a ver por dónde soplaba el viento.
El hombre del oro
Thomas Edward Lawrence llegó al Hiyaz en 1916 para recopilar información de inteligencia sobre los hachemitas. Lawrence estaba destinado a volver a El Cairo, pero Faisal, uno de los hijos de Hussein, solicitó que se le asignara a su Estado Mayor. Quien más tarde sería conocido como Lawrence de Arabia estaba sinceramente entregado a la causa árabe y creía que Faisal era su líder natural.
Fascinado con la historia de las cruzadas, cuyas fortalezas había estudiado en Oxford y Siria, se había propuesto actuar como un caballero capaz de cambiar la historia de aquel rincón del mundo. Lawrence no se hacía demasiadas ilusiones sobre la revuelta, que al fin y al cabo se mantenía gracias a los subsidios británicos: Hussein se embolsó dos millones de libras el primer año y los beduinos conocían a Lawrence como “el hombre del oro”.
En mayo de 1916, británicos y franceses habían llegado a un acuerdo (conocido como Sykes-Picot, por el apellido de los diplomáticos firmantes) para repartirse Oriente Medio. Todas las promesas que se habían hecho a los hachemitas eran simplemente papel mojado.
Lawrence confió a Faisal los detalles del acuerdo. Ambos decidieron frustrar los planes anglofranceses, apoderándose del puerto de Áqaba, para usarlo como base para un avance del ejército árabe hacia Damasco, que podía ser la capital de un futuro Estado árabe unido. En julio de 1917, tras una audaz marcha por el desierto, Lawrence conquistó Áqaba. Aunque los planes de Faisal de avanzar hacia Damasco se frustraron por la oposición británica, el puerto se convirtió en la base de los aprovisionamientos británicos para su ejército.
Lawrence y los otros asesores occidentales que luchaban con los árabes (como el capitán francés Rosario Pisani, cuya figura ha sido injustamente olvidada) lanzaron una campaña de ataques contra el ferrocarril Damasco-Medina. Los beduinos podían moverse rápidamente por el desierto, volando tramos de vía o el tendido telegráfico. Eran, según Lawrence, “una idea, algo intangible, invulnerable, sin frente o retaguardia, expandiéndose como un gas”.
La mayor contribución árabe tras la caída de Áqaba fue distraer gran cantidad de fuerzas enemigas que podían haberse opuesto al avance de los británicos en Palestina, donde sir Edmund Allenby inició una metódica ofensiva sobre el frente otomano en Gaza, tomó Jerusalén en 1917 y venció a los otomanos en Megido al año siguiente.
Al otro lado del río Jordán, Lawrence cortó las comunicaciones con Arabia y entró en Damasco. Allenby ya había adoptado medidas para que Faisal no pudiera tomar el control de la ciudad. “La guerra para nosotros había concluido”, escribió un Lawrence agotado y lleno de culpa, porque las promesas hechas a los árabes no iban a cumplirse.
Durante el resto de su vida intentó en vano defender la causa árabe. Vagó de aquí allá, alistándose en la RAF con un nombre falso, escribiendo sus extraordinarias obras, a medio camino entre el relato guerrero y la lírica romántica. Fue el último aventurero de la epopeya imperial británica. Murió en 1935 a causa de las heridas de un accidente de motocicleta.
El nuevo mapa de Oriente Medio
El colapso general otomano culminó con el armisticio de Mudros el 30 de octubre de 1918. La Conferencia de Versalles (1919) dio carta de naturaleza al reparto de poder en Oriente Medio y la atomización del Imperio otomano. Se creó un mandato francés (Siria y Líbano) y tres mandatos británicos (Irak, Transjordania y Palestina).
Al norte, mediante el Tratado de Sèvres, se creó una Turquía que Mustafá Kemal convertiría en república en 1923. El sueño de Hussein de un gran reino árabe bajo el control de los hachemitas no se cumplió. En su lugar, Faisal fue proclamado rey de Siria en 1920, pero Francia lo expulsó. Al año siguiente, los británicos lo instalaron en el trono de Irak. Su hermano Abdalá recibió Transjordania, que luego se convirtió en Jordania. Hussein, el artífice de la revuelta, perdió el control del Hiyaz frente a Ibn Saud, cuya dinastía gobierna todavía en Arabia Saudita gracias al poder del petróleo.
El Acuerdo Sykes-Picot y las maniobras posteriores derivaron en la creación de Estados-nación unitarios trazados en el mapa por europeos. Según Peter Mangols, experto británico en Oriente Medio, habría sido mucho mejor, teniendo en cuenta la diversidad religiosa y tribal, llegar a acuerdos federales o confederales.
Cuando países nuevos como Irak, Siria o Líbano obtuvieron la independencia décadas después, la cuestión de las minorías, que no había constituido un problema para el mandato otomano o para el poder occidental, iba a convertirse en una fuente eterna de conflictos.
Por si fuera poco, en diciembre de 1917, Gran Bretaña prometió al líder sionista Chaim Weizmann que apoyaría el establecimiento de un “hogar nacional” judío en Palestina (Declaración Balfour). Weizmann convenció a los británicos de que una nación judía sería una barrera defensiva para el canal de Suez. Londres esperaba que un gesto hacia los sionistas influyera en los revolucionarios judíos de Rusia y en la comunidad judía estadounidense a favor de la causa aliada. Los intentos de conciliar la emigración sionista a Palestina con las comunidades árabes significarían uno de los más rotundos fracasos de la política imperialista del siglo XX.
